Medios
Los medios de comunicación factor de influencia en la lucha política.
Una contienda política clara y democrática, requiere de medios con credibilidad.
En el actual momento por el que atraviesa el país, los medios juegan un papel por demás relevante.
· A mayores recursos mayor acceso a los medios de comunicación.
Eduardo M. Gutiérrez.
En una de las contiendas políticas más polémicas y disputadas, el campo de los medios es crucial. Hoy, a diferencia de hace apenas algunos años, los medios de comunicación son reconocidos como factor de primera importancia en la lucha política, no sólo por los partidos, sino ya también por grupos sociales que otrora no percibían como hoy la dimensión de los medios en el contexto de dicha confrontación.
De ahí los cada vez mayores reclamos por un mayor acceso de los mensajes de los partidos políticos en los medios de comunicación, punto en el que topan, en la mayoría de los casos, las posturas partidistas sobre los medios, sin incorporar otras demandas sobre el campo de la comunicación social a sus proyectos y propuestas.
Hoy en día los partidos, sobre todo los de oposición, han logrado un acceso mayor a los medios que hace unos cuantos años. No obstante, con todo y las modificaciones realizadas a la legislación electoral, la equidad continúa sin ser alcanzada. La insistencia sobre una presencia democrática de las agrupaciones políticas en los medios sigue prevaleciendo y está aún pendiente, a más de dos décadas del establecimiento de las primeras reglas para manejar el acceso de los partidos políticos a la radio y la televisión consignadas en la Ley Federal Electoral de 1973. La insistencia y la necesidad persisten, aunque con un contexto por completo distinto y en plena transformación.
Sería útil, sin duda, hacer el recuento del comportamiento de los medios en procesos electorales recientes. Sin embargo, las condiciones de transición por las que atraviesa el país en este momento impulsan a preguntarse sobre los nuevos retos que dicha etapa de cambio plantea a los medios en sucesos políticos de relevancia como los electorales, para que contribuyan a un ejercicio más amplio y democrático de la ciudadanía. Intentemos un abordaje mínimo, a través de algunas precisiones.
Es necesario, en este momento de transición -para el cual las elecciones del año 2 000 constituyen sin duda una importante prueba-, que los medios realicen la actividad informativa encomendada por la sociedad con un alto sentido de profesionalismo, que en este caso se relaciona justamente con las nociones de equidad y veracidad, pero también con principios éticos, cuya insuficiencia ha empañado en muchas ocasiones la eficacia de su propia labor informativa. Ocurrió, por ejemplo, en 1994, cuando ante lo desequilibrado de la presencia en los medios de los distintos partidos, se hizo necesaria, ya muy próximos los comicios, una reconvención del Instituto Federal Electoral a los medios, especialmente los electrónicos.
Una contienda política clara y democrática, que es a la que parece aspirar una buena parte de la ciudadanía en estos momentos, requiere de medios con credibilidad, de medios confiables. Y tal como están las cosas, una porción significativa de ellos tendrá que ganársela a pulso.
El logro de la credibilidad puede alcanzarse a través del desempeño profesional, veraz y eficiente de la tarea informativa. Pero también vía una mayor pluralidad en los medios, traducida en mayores espacios para grupos que hoy no tienen cabida, para actuar como verdaderos interlocutores entre los distintos sectores de la sociedad.
Un cuarto punto a considerar sería, ni más ni menos, la revisión, por los medios, de sus compromisos y de la verdadera naturaleza de su función, que es, aunque a veces poco se recuerde, de tipo social. A quién se deben y a quién realmente tienen que responder por su desempeño, es uno de los cuestionamientos que tienen que plantearse hoy los medios. Si actualmente el reclamo es que su compromiso sea en verdad con el país -un país que busca salir del marasmo para ir construyendo, no sin dificultades, un proyecto distinto del que le llevara a la crisis-, entonces los medios tendrían que ofrecer una contribución que, por cierto, no es sólo un grano de arena. Su aportación tendría que ser más sustantiva, pues deberían ir a favor de la construcción paulatina de una cultura política nueva, que se apoye en la existencia de una sociedad informada, con elementos para la participación y toma de decisiones políticas.
Los puntos anteriores conducen con naturalidad a uno más, que los implica y reúne: el punto que marca la importancia del papel de los medios de comunicación en el proceso de búsqueda de la democracia. "La democracia es gobierno de opinión", ha dicho Sartori, "un gobernar fundado en la opinión pública", entendida ésta como un punto de vista claro de la ciudadanía sobre el manejo de los asuntos que le interesan o le afectan, entre los cuales se encuentra la esfera política.
¿Y cómo puede formarse esa opinión fundamentada de los ciudadanos sobre la "cosa pública", sobre los asuntos de interés de la sociedad y cuyo certificado de autenticidad radica en su condición de autonomía? Desde luego, como es sabido, en el proceso de formación de la opinión ciudadana se interactúa con flujos de información e intervienen varios factores, entre ellos los mensajes de las personalidades que difunden aquéllos y que en muchas ocasiones adquieren influencia pública.
Pues bien, una premisa indispensable en el surgimiento de esa opinión pública autónoma que allana el camino hacia la democracia es la existencia de una ciudadanía interesada en los asuntos a discutir, así como el requisito de que ella cuente con información fidedigna y oportuna sobre los temas de su atención.
A primera vista parecería que estos requisitos podrían verse cumplidos hoy en día en nuestra sociedad, que últimamente ha mostrado mucho mayor interés que antes en los asuntos nacionales, además de contar con una red de medios, sobre todo electrónicos, que impacta a amplios auditorios en el país.
Pero cuando contrastamos los requisitos mencionados para la existencia de una opinión pública autónoma que nutra el proceso hacia la democracia, con las condiciones generales de funcionamiento de los medios de comunicación de nuestro país, la apreciación cambia: ¿realmente puede decirse que los públicos nacionales están interesados e informados bien a bien sobre los sucesos políticos del país? La pregunta es válida de plantearse ante las prácticas informativas generales de los medios, que, salvo las excepciones del caso, son: rápido desfile de notas de asuntos de lo más diverso, que conviven con la publicidad y que alejan la posibilidad, ya no se diga de reflexionar sobre la información, sino muchas veces ni siquiera de que ésta sea expuesta con profundidad. La tónica a seguir por una buena porción de los medios es. A mayor cantidad de datos o notas, igual a " mayor información".
Agréguese a esta circunstancia el fenómeno reciente del tratamiento de la información como espectáculo o material altamente vendible y las distorsiones en el manejo informativo que con frecuencia practican los medios a raíz de sus compromisos con intereses político-económicos y que se traducen a veces en omisiones, amplificaciones o hasta distorsiones en temas diversos. Pero eso no es todo. El surgimiento de la opinión pública autónoma no sólo supone la existencia de un público con amplia información, pues para que los públicos emitan una opinión necesitan contar con elementos que les permitan, primero, comprender la información política, para después estar en posibilidad de interpretarla y construir un punto de vista propio.
De más está decir que los públicos mexicanos no están muy cerca de esta posibilidad de transformar la información política en comprensión y reflexión crítica: por el contrario, si el sector educativo formal apenas les proporciona escasos elementos de educación política y hasta cívica, los medios, por su cuenta, tampoco le apoyan en este sentido, al estar volcados al entretenimiento y con formas discursivas donde pocas veces se analiza una idea y con la ley del rating como imperativo.
Formados los públicos de esta manera, las resultantes es el alejamiento de la ciudadanía del ejercicio de la capacidad de reflexión en torno a la información política, circunstancia que mucho ha beneficiado para mantener el orden de cosas, cuando ante momentos determinantes para la vida nacional, se ha sentido la ausencia de una opinión pública vigorosa y más amplia que la hasta ahora presente en algunos sectores de la sociedad.
De este modo, en el actual momento por el que atraviesa el país, los medios juegan un papel por demás relevante, puesto que son los conductos a través de los cuales circula el debate y se definen las diferentes propuestas políticas. Incluso, los medios son, y en especial los electrónicos, los vehículos a través de los cuales la ciudadanía se pone en contacto con las opiniones y puntos de vista de los actores políticos. Por tal razón, si en los medios no se expresa la pluralidad, o si ésta se ve impedida en ellos, no habrá contienda democrática auténtica.
Una contienda política clara y democrática, requiere de medios con credibilidad.
En el actual momento por el que atraviesa el país, los medios juegan un papel por demás relevante.
· A mayores recursos mayor acceso a los medios de comunicación.
Eduardo M. Gutiérrez.
En una de las contiendas políticas más polémicas y disputadas, el campo de los medios es crucial. Hoy, a diferencia de hace apenas algunos años, los medios de comunicación son reconocidos como factor de primera importancia en la lucha política, no sólo por los partidos, sino ya también por grupos sociales que otrora no percibían como hoy la dimensión de los medios en el contexto de dicha confrontación.
De ahí los cada vez mayores reclamos por un mayor acceso de los mensajes de los partidos políticos en los medios de comunicación, punto en el que topan, en la mayoría de los casos, las posturas partidistas sobre los medios, sin incorporar otras demandas sobre el campo de la comunicación social a sus proyectos y propuestas.
Hoy en día los partidos, sobre todo los de oposición, han logrado un acceso mayor a los medios que hace unos cuantos años. No obstante, con todo y las modificaciones realizadas a la legislación electoral, la equidad continúa sin ser alcanzada. La insistencia sobre una presencia democrática de las agrupaciones políticas en los medios sigue prevaleciendo y está aún pendiente, a más de dos décadas del establecimiento de las primeras reglas para manejar el acceso de los partidos políticos a la radio y la televisión consignadas en la Ley Federal Electoral de 1973. La insistencia y la necesidad persisten, aunque con un contexto por completo distinto y en plena transformación.
Sería útil, sin duda, hacer el recuento del comportamiento de los medios en procesos electorales recientes. Sin embargo, las condiciones de transición por las que atraviesa el país en este momento impulsan a preguntarse sobre los nuevos retos que dicha etapa de cambio plantea a los medios en sucesos políticos de relevancia como los electorales, para que contribuyan a un ejercicio más amplio y democrático de la ciudadanía. Intentemos un abordaje mínimo, a través de algunas precisiones.
Es necesario, en este momento de transición -para el cual las elecciones del año 2 000 constituyen sin duda una importante prueba-, que los medios realicen la actividad informativa encomendada por la sociedad con un alto sentido de profesionalismo, que en este caso se relaciona justamente con las nociones de equidad y veracidad, pero también con principios éticos, cuya insuficiencia ha empañado en muchas ocasiones la eficacia de su propia labor informativa. Ocurrió, por ejemplo, en 1994, cuando ante lo desequilibrado de la presencia en los medios de los distintos partidos, se hizo necesaria, ya muy próximos los comicios, una reconvención del Instituto Federal Electoral a los medios, especialmente los electrónicos.
Una contienda política clara y democrática, que es a la que parece aspirar una buena parte de la ciudadanía en estos momentos, requiere de medios con credibilidad, de medios confiables. Y tal como están las cosas, una porción significativa de ellos tendrá que ganársela a pulso.
El logro de la credibilidad puede alcanzarse a través del desempeño profesional, veraz y eficiente de la tarea informativa. Pero también vía una mayor pluralidad en los medios, traducida en mayores espacios para grupos que hoy no tienen cabida, para actuar como verdaderos interlocutores entre los distintos sectores de la sociedad.
Un cuarto punto a considerar sería, ni más ni menos, la revisión, por los medios, de sus compromisos y de la verdadera naturaleza de su función, que es, aunque a veces poco se recuerde, de tipo social. A quién se deben y a quién realmente tienen que responder por su desempeño, es uno de los cuestionamientos que tienen que plantearse hoy los medios. Si actualmente el reclamo es que su compromiso sea en verdad con el país -un país que busca salir del marasmo para ir construyendo, no sin dificultades, un proyecto distinto del que le llevara a la crisis-, entonces los medios tendrían que ofrecer una contribución que, por cierto, no es sólo un grano de arena. Su aportación tendría que ser más sustantiva, pues deberían ir a favor de la construcción paulatina de una cultura política nueva, que se apoye en la existencia de una sociedad informada, con elementos para la participación y toma de decisiones políticas.
Los puntos anteriores conducen con naturalidad a uno más, que los implica y reúne: el punto que marca la importancia del papel de los medios de comunicación en el proceso de búsqueda de la democracia. "La democracia es gobierno de opinión", ha dicho Sartori, "un gobernar fundado en la opinión pública", entendida ésta como un punto de vista claro de la ciudadanía sobre el manejo de los asuntos que le interesan o le afectan, entre los cuales se encuentra la esfera política.
¿Y cómo puede formarse esa opinión fundamentada de los ciudadanos sobre la "cosa pública", sobre los asuntos de interés de la sociedad y cuyo certificado de autenticidad radica en su condición de autonomía? Desde luego, como es sabido, en el proceso de formación de la opinión ciudadana se interactúa con flujos de información e intervienen varios factores, entre ellos los mensajes de las personalidades que difunden aquéllos y que en muchas ocasiones adquieren influencia pública.
Pues bien, una premisa indispensable en el surgimiento de esa opinión pública autónoma que allana el camino hacia la democracia es la existencia de una ciudadanía interesada en los asuntos a discutir, así como el requisito de que ella cuente con información fidedigna y oportuna sobre los temas de su atención.
A primera vista parecería que estos requisitos podrían verse cumplidos hoy en día en nuestra sociedad, que últimamente ha mostrado mucho mayor interés que antes en los asuntos nacionales, además de contar con una red de medios, sobre todo electrónicos, que impacta a amplios auditorios en el país.
Pero cuando contrastamos los requisitos mencionados para la existencia de una opinión pública autónoma que nutra el proceso hacia la democracia, con las condiciones generales de funcionamiento de los medios de comunicación de nuestro país, la apreciación cambia: ¿realmente puede decirse que los públicos nacionales están interesados e informados bien a bien sobre los sucesos políticos del país? La pregunta es válida de plantearse ante las prácticas informativas generales de los medios, que, salvo las excepciones del caso, son: rápido desfile de notas de asuntos de lo más diverso, que conviven con la publicidad y que alejan la posibilidad, ya no se diga de reflexionar sobre la información, sino muchas veces ni siquiera de que ésta sea expuesta con profundidad. La tónica a seguir por una buena porción de los medios es. A mayor cantidad de datos o notas, igual a " mayor información".
Agréguese a esta circunstancia el fenómeno reciente del tratamiento de la información como espectáculo o material altamente vendible y las distorsiones en el manejo informativo que con frecuencia practican los medios a raíz de sus compromisos con intereses político-económicos y que se traducen a veces en omisiones, amplificaciones o hasta distorsiones en temas diversos. Pero eso no es todo. El surgimiento de la opinión pública autónoma no sólo supone la existencia de un público con amplia información, pues para que los públicos emitan una opinión necesitan contar con elementos que les permitan, primero, comprender la información política, para después estar en posibilidad de interpretarla y construir un punto de vista propio.
De más está decir que los públicos mexicanos no están muy cerca de esta posibilidad de transformar la información política en comprensión y reflexión crítica: por el contrario, si el sector educativo formal apenas les proporciona escasos elementos de educación política y hasta cívica, los medios, por su cuenta, tampoco le apoyan en este sentido, al estar volcados al entretenimiento y con formas discursivas donde pocas veces se analiza una idea y con la ley del rating como imperativo.
Formados los públicos de esta manera, las resultantes es el alejamiento de la ciudadanía del ejercicio de la capacidad de reflexión en torno a la información política, circunstancia que mucho ha beneficiado para mantener el orden de cosas, cuando ante momentos determinantes para la vida nacional, se ha sentido la ausencia de una opinión pública vigorosa y más amplia que la hasta ahora presente en algunos sectores de la sociedad.
De este modo, en el actual momento por el que atraviesa el país, los medios juegan un papel por demás relevante, puesto que son los conductos a través de los cuales circula el debate y se definen las diferentes propuestas políticas. Incluso, los medios son, y en especial los electrónicos, los vehículos a través de los cuales la ciudadanía se pone en contacto con las opiniones y puntos de vista de los actores políticos. Por tal razón, si en los medios no se expresa la pluralidad, o si ésta se ve impedida en ellos, no habrá contienda democrática auténtica.

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