Un México Dividido
Muchas veces dividido.
Lucha por el poder implica riesgos explosivos.
El país se divide y se fragmenta en muchas partes.
Eduardo M. Gutiérrez.
Las elecciones para elegir presidente de la República aún no han arrojado un ganador, pero si han dividido al país. Por un lado los que votaron por Andrés Manuel López Obrador, candidato de la coalición Por el Bien de Todos y, por el otro los que eligieron a Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional, como el sucesor del Vicente Fox Quesada se proclaman ganadores de la contienda. Izquierda y derecha, derecha e izquierda como resultado de un posible fraude maquinado, se hallan enfrentadas dentro de una sociedad que ha encontrado en opuestas ideologías su razón de ser y su verdad.
Los continuadores de un sistema que quiere un México de rodillas ante el poder del dinero y los desposeídos de hasta lo más necesario junto a otros que quieren ver un México libre y con instituciones verdaderamente democráticas que den oportunidades a todos por el simple hecho de ser mexicanos, hoy se ponen de uno y de otro lado para terminar de vender o para recuperar el país de nuestros ancestros. Todo esto como producto de la ignorancia y miopía de unos cuantos, de la ambición desmedida por el poder y el dinero.
No es la primera vez que el país se divide. Liberales y Conservadores ensangrentaron al país durante la Guerra de Reforma cuando Juárez luchaba por un país más justo para las mayorías. Del otro lado, los Conservadores luchaban por mantener sus canonjías y privilegios por encima de un pueblo empobrecido y explotado por verdaderos señores feudales cuyo ideal era un sistema monárquico dirigido por extranjeros ya que consideraban inmadura a la ciudadanía de entonces para poder regir su propio destino. Así, cada bando se enfrentó y al triunfo de los Liberales México se constituyó como una República federativa fundamentada en la Constitución de 1857.
Más tarde, la Revolución iniciada en 1910 ensangrentaría al país de nuevo. Ricos y pobres partirían a México en dos y la lucha por el poder dejaría más de un millón de mexicanos muertos. Nuevamente, las familias privilegiadas por el porfiriato y su sistema latifundista abusaban del pueblo y de los campesinos acasillados que al grito de “tierra y libertad” iniciarían la primera revolución social del mundo Y la Constitución de 1917 iniciaría el camino, largo camino hacia la democracia. La división entre revolucionarios y los diferentes gobiernos que se enfrentaron por el poder fue parte del proceso que finalmente daría a nuestro país estabilidad social y política al triunfo de la Revolución.
Otros conflictos como la guerra cristera en la época del presidente Cárdenas polarizó a los mexicanos en bandos que sostenían tener la verdad de su lado. La sangre de mexicanos también corrió en esta ocasión en que el país parecía no hallar otra salida más que la violencia. Y esta violencia ya se daba mucho antes de que fuéramos una nación. Desde antes de la llegada de los españoles y la conquista de un gran territorio, esta parte del mundo ya era habitada por tribus y naciones indígenas que luchaban y se encontraban divididas y dominadas unos por otros.
Si bien hoy los mexicanos conformamos una nación bien constituida, y, fundamentada en una Constitución que avala la existencia de las instituciones que norman la vida del país, la democracia a la que aspiramos nos está saliendo cara. Y, no sólo hablamos de los cientos de millones que se han gastado antes, durante y después de las elecciones del 2 de julio; nos referimos también al costo político que ha representado llegar a estas alturas y que sin embargo parece que ha sido necesario. Depurar la política ha implicado destapar algunas cloacas y darnos cuenta del estado deplorable en que ha caído el ejercicio de la política y los políticos nacionales. Ha sido necesario darnos cuenta de que falta mucho camino por recorrer para arribar a una verdadera democracia.
Durante el último sexenio, el prestigio de algunas de nuestras más caras instituciones ha quedado por los suelos. La política exterior de México es un claro ejemplo de lo que hablamos. La famosa doctrina Estrada que definió la no intervención y la autodeterminación a que tienen los pueblos del mundo quedó difuminada cuando ciertos eventos que ya ni vale la pena mencionar se dieron en el pasado reciente para vergüenza de todos los mexicanos que creímos superadas ciertas etapas de nuestro crecimiento como nación integrada al mundo globalizado.
Hoy, la confrontación electoral que, se llevó a cabo ordenadamente y con civilidad por parte de los ciudadanos, quienes sí dieron muestra de confianza en las instituciones electorales, se vieron defraudados ante la gran duda de que la voluntad de todo un pueblo se vaya a cumplir. Surge el México dividido otra vez y la lucha por el poder implica riesgos explosivos y que pueden desestabilizar a esta nación. La posibilidad de una guerra civil, de un conflicto armado es una semilla abonada por años de injusticia, pobreza, carencias y mal gobierno.
Más de 50 millones de mexicanos, es decir, más de la mitad de los habitantes del país, sufren del mal de la pobreza. La desesperanza en las nuevas generaciones es ya un síndrome común y no ven la salida a esta situación si no es por medio de la “tranza” o de la emigración al vecino país del norte. El país se divide y se fragmenta en muchas partes. En lo político y en lo económico hay quienes preferirían sumarse como una estrella más de la bandera norteamericana; otros, individualistas y educados por visionarios de la derecha, prefieren vender sus esfuerzos a las trasnacionales o a la iniciativa privada local que ve en la ganancia su único camino. Los más, el pueblo, ve en la lucha social, pacífica y organizada la esperanza de trastocar las condiciones actuales y lograr el cambio hacia la justicia social. Otros, los menos afortunadamente, ven en la vía violenta la manera de transformar y forzar una realidad.
Los muchos Méxicos están mostrando sus caras y las diferencias se hacen aún más notorias al finalizar un ciclo sexenal más, porque todos sabemos que el balance no será positivo para el país. Porque sabemos que durante el foxismo no se hizo nada a favor de los que menos tienen y sí en cambio se favoreció a una minoría enriquecida, a una minoría privilegiada: a la clase empresarial. Se muestran las caras de la inequidad, de la mala administración, del abuso, del nepotismo, de la explotación junto a las de la miseria, la pobreza y la desnutrición física, cultural e intelectual.
Y, ¿Hay salida posible?
Hasta donde entendemos, como en la física: un cuerpo permanecerá estático, sin movimiento hasta que no haya una fuerza que interaccione con él, que le comunique energía cinética, energía en movimiento. La salida es posible por medio de la energía social, de la fuerza de la voluntad del pueblo que ya se manifiesta con la inconformidad en los resultados de las pasadas elecciones presidenciales; en las manifestaciones y plantones, que aunque molestos para algunos son un derecho constitucional pésele a quien le pese. La salida, a mediano plazo, no es probablemente contar voto por voto, casilla por casilla, cosa que no sucederá, sino la depuración del país, la renovación de sus instituciones como cimientos de una verdadera democracia. Y, es una tarea que se antoja larga y dificultosa, llena de pequeñas y grandes batallas que solo el pueblo puede ganar.
Muy probablemente el Tribunal le de el gane a Felipe Calderón y este miembro de la derecha mexicana sea el próximo presidente de México. Muy probablemente Calderón seguirá aplicando el neoliberalismo como sistema económico y siga, como su antecesor, favoreciendo a ricos y poderosos. Probablemente seguirá vendiendo el país a las trasnacionales y probablemente el número de pobres aumente, la desocupación y la falta de oportunidades siga y la enfermedad y desesperación de las familias llegue a niveles insoportables pero, la fuerza que provoca el movimiento estará ahí siempre presente para impulsar el cambio cuando el pueblo se decida.
Entonces le tocará a Felipe unir al México dividido por la injusticia social, por la existencia de tan pocos ricos que poseen todo y tantos pobres que no tienen nada; le tocará armar las piezas del rompecabezas económico en que se ha convertido la nación para, con las manos limpias, dar oportunidades a todos (a millones), o asumir las consecuencias.
Muchas veces dividido.
Lucha por el poder implica riesgos explosivos.
El país se divide y se fragmenta en muchas partes.
Eduardo M. Gutiérrez.
Las elecciones para elegir presidente de la República aún no han arrojado un ganador, pero si han dividido al país. Por un lado los que votaron por Andrés Manuel López Obrador, candidato de la coalición Por el Bien de Todos y, por el otro los que eligieron a Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional, como el sucesor del Vicente Fox Quesada se proclaman ganadores de la contienda. Izquierda y derecha, derecha e izquierda como resultado de un posible fraude maquinado, se hallan enfrentadas dentro de una sociedad que ha encontrado en opuestas ideologías su razón de ser y su verdad.
Los continuadores de un sistema que quiere un México de rodillas ante el poder del dinero y los desposeídos de hasta lo más necesario junto a otros que quieren ver un México libre y con instituciones verdaderamente democráticas que den oportunidades a todos por el simple hecho de ser mexicanos, hoy se ponen de uno y de otro lado para terminar de vender o para recuperar el país de nuestros ancestros. Todo esto como producto de la ignorancia y miopía de unos cuantos, de la ambición desmedida por el poder y el dinero.
No es la primera vez que el país se divide. Liberales y Conservadores ensangrentaron al país durante la Guerra de Reforma cuando Juárez luchaba por un país más justo para las mayorías. Del otro lado, los Conservadores luchaban por mantener sus canonjías y privilegios por encima de un pueblo empobrecido y explotado por verdaderos señores feudales cuyo ideal era un sistema monárquico dirigido por extranjeros ya que consideraban inmadura a la ciudadanía de entonces para poder regir su propio destino. Así, cada bando se enfrentó y al triunfo de los Liberales México se constituyó como una República federativa fundamentada en la Constitución de 1857.
Más tarde, la Revolución iniciada en 1910 ensangrentaría al país de nuevo. Ricos y pobres partirían a México en dos y la lucha por el poder dejaría más de un millón de mexicanos muertos. Nuevamente, las familias privilegiadas por el porfiriato y su sistema latifundista abusaban del pueblo y de los campesinos acasillados que al grito de “tierra y libertad” iniciarían la primera revolución social del mundo Y la Constitución de 1917 iniciaría el camino, largo camino hacia la democracia. La división entre revolucionarios y los diferentes gobiernos que se enfrentaron por el poder fue parte del proceso que finalmente daría a nuestro país estabilidad social y política al triunfo de la Revolución.
Otros conflictos como la guerra cristera en la época del presidente Cárdenas polarizó a los mexicanos en bandos que sostenían tener la verdad de su lado. La sangre de mexicanos también corrió en esta ocasión en que el país parecía no hallar otra salida más que la violencia. Y esta violencia ya se daba mucho antes de que fuéramos una nación. Desde antes de la llegada de los españoles y la conquista de un gran territorio, esta parte del mundo ya era habitada por tribus y naciones indígenas que luchaban y se encontraban divididas y dominadas unos por otros.
Si bien hoy los mexicanos conformamos una nación bien constituida, y, fundamentada en una Constitución que avala la existencia de las instituciones que norman la vida del país, la democracia a la que aspiramos nos está saliendo cara. Y, no sólo hablamos de los cientos de millones que se han gastado antes, durante y después de las elecciones del 2 de julio; nos referimos también al costo político que ha representado llegar a estas alturas y que sin embargo parece que ha sido necesario. Depurar la política ha implicado destapar algunas cloacas y darnos cuenta del estado deplorable en que ha caído el ejercicio de la política y los políticos nacionales. Ha sido necesario darnos cuenta de que falta mucho camino por recorrer para arribar a una verdadera democracia.
Durante el último sexenio, el prestigio de algunas de nuestras más caras instituciones ha quedado por los suelos. La política exterior de México es un claro ejemplo de lo que hablamos. La famosa doctrina Estrada que definió la no intervención y la autodeterminación a que tienen los pueblos del mundo quedó difuminada cuando ciertos eventos que ya ni vale la pena mencionar se dieron en el pasado reciente para vergüenza de todos los mexicanos que creímos superadas ciertas etapas de nuestro crecimiento como nación integrada al mundo globalizado.
Hoy, la confrontación electoral que, se llevó a cabo ordenadamente y con civilidad por parte de los ciudadanos, quienes sí dieron muestra de confianza en las instituciones electorales, se vieron defraudados ante la gran duda de que la voluntad de todo un pueblo se vaya a cumplir. Surge el México dividido otra vez y la lucha por el poder implica riesgos explosivos y que pueden desestabilizar a esta nación. La posibilidad de una guerra civil, de un conflicto armado es una semilla abonada por años de injusticia, pobreza, carencias y mal gobierno.
Más de 50 millones de mexicanos, es decir, más de la mitad de los habitantes del país, sufren del mal de la pobreza. La desesperanza en las nuevas generaciones es ya un síndrome común y no ven la salida a esta situación si no es por medio de la “tranza” o de la emigración al vecino país del norte. El país se divide y se fragmenta en muchas partes. En lo político y en lo económico hay quienes preferirían sumarse como una estrella más de la bandera norteamericana; otros, individualistas y educados por visionarios de la derecha, prefieren vender sus esfuerzos a las trasnacionales o a la iniciativa privada local que ve en la ganancia su único camino. Los más, el pueblo, ve en la lucha social, pacífica y organizada la esperanza de trastocar las condiciones actuales y lograr el cambio hacia la justicia social. Otros, los menos afortunadamente, ven en la vía violenta la manera de transformar y forzar una realidad.
Los muchos Méxicos están mostrando sus caras y las diferencias se hacen aún más notorias al finalizar un ciclo sexenal más, porque todos sabemos que el balance no será positivo para el país. Porque sabemos que durante el foxismo no se hizo nada a favor de los que menos tienen y sí en cambio se favoreció a una minoría enriquecida, a una minoría privilegiada: a la clase empresarial. Se muestran las caras de la inequidad, de la mala administración, del abuso, del nepotismo, de la explotación junto a las de la miseria, la pobreza y la desnutrición física, cultural e intelectual.
Y, ¿Hay salida posible?
Hasta donde entendemos, como en la física: un cuerpo permanecerá estático, sin movimiento hasta que no haya una fuerza que interaccione con él, que le comunique energía cinética, energía en movimiento. La salida es posible por medio de la energía social, de la fuerza de la voluntad del pueblo que ya se manifiesta con la inconformidad en los resultados de las pasadas elecciones presidenciales; en las manifestaciones y plantones, que aunque molestos para algunos son un derecho constitucional pésele a quien le pese. La salida, a mediano plazo, no es probablemente contar voto por voto, casilla por casilla, cosa que no sucederá, sino la depuración del país, la renovación de sus instituciones como cimientos de una verdadera democracia. Y, es una tarea que se antoja larga y dificultosa, llena de pequeñas y grandes batallas que solo el pueblo puede ganar.
Muy probablemente el Tribunal le de el gane a Felipe Calderón y este miembro de la derecha mexicana sea el próximo presidente de México. Muy probablemente Calderón seguirá aplicando el neoliberalismo como sistema económico y siga, como su antecesor, favoreciendo a ricos y poderosos. Probablemente seguirá vendiendo el país a las trasnacionales y probablemente el número de pobres aumente, la desocupación y la falta de oportunidades siga y la enfermedad y desesperación de las familias llegue a niveles insoportables pero, la fuerza que provoca el movimiento estará ahí siempre presente para impulsar el cambio cuando el pueblo se decida.
Entonces le tocará a Felipe unir al México dividido por la injusticia social, por la existencia de tan pocos ricos que poseen todo y tantos pobres que no tienen nada; le tocará armar las piezas del rompecabezas económico en que se ha convertido la nación para, con las manos limpias, dar oportunidades a todos (a millones), o asumir las consecuencias.

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