Periodismo y Libertad
Periodismo y libertad
El periodismo no es el “cuarto poder”. Es parte del poder.
Esto ya es historia, pero, queda en la conciencia colectiva.
.
Eduardo M. Gutiérrez.
En general, comunicación remite a medios masivos. Y se nos ha hecho creer que en un mundo “globalizado” vivimos en la Sociedad de la Información. Existe, en verdad, una sobresaturación informativa. Pero, ¿quién pone los contenidos? ¿Quién controla la producción y difusión de la noticia? ¿Cómo podemos diferenciar lo riguroso y valioso de lo manipulado y superficial? ¿En beneficio de quiénes circula esa información? Como dijo Eduardo Galeano, “nunca tantos han sido tan incomunicados por tan pocos. Cada vez son más los que tienen el derecho de escuchar y de mirar, pero cada vez son menos los que tienen el privilegio de informar, opinar y crear”.
No es común que la gente al abrir un periódico, escuchar una radio o elegir un canal de televisión sepa quiénes son sus propietarios, quiénes los mantienen mediante la publicidad, qué relaciones poseen con el gobierno o las empresas. En los medios en México, existe un acelerado proceso de concentración. Al duopolio privado de la televisión, controlado por dos plutócratas que integran la lista de magnates de la revista Forbes, Emilio Azcárraga Jean (Televisa, Cablevisión, Radiópolis) y Ricardo Salinas Pliego (TV Azteca, Elektra, Banco Azteca, Iusacell, Unefón), ha venido a sumarse ahora el Grupo Empresarial Ángeles (GEA), cuyo principal accionista es Olegario Vázquez Raña, dueño de los hoteles Camino Real y los hospitales Ángeles. GEA controla el Grupo Imagen, que acaba de adquirir el Canal 28 de televisión, y que está integrado, además, por Imagen Informativa, Reporte 98.5 y el periódico Excélsior.
Con mayor precisión puede decirse que Televisa, TV Azteca, GEA, el Grupo PRISA (propiedad de la familia Polanco de España, asociada aquí con Televisa Radio) y otras tres familias de concesionarios privados: los Vargas Guajardo (MVS); los Aguirre Gómez (Grupo Radio Centro) y los Azcárraga Romandía (Organización Radio Fórmula) controlan los medios electrónicos del país.
Según la UNESCO, la información “es un bien social”. Pero esos conglomerados mediáticos responden a un capital. A los intereses de sus dueños. Para ellos la información es una mercancía. Un capital que tiene como objetivo vender productos y crear hábitos de consumo. Esos consorcios que dominan tecnologías y contenidos han convertido a los medios masivos en insaciables maquinarias para obtener mayores tasas de ganancia en el más breve tiempo. Más allá de las contradicciones intercapitalistas y la competencia, como consecuencia de la confluencia de tan poderosos intereses se ha establecido de modo tácito un “consenso mediático” que opera como una gran maquinaria de la dictadura del pensamiento único. La clase dominante marca sus posiciones político-ideológicas a través de los medios y ya no, como antaño, vía los partidos. Los medios se han convertido en un verdadero poder articulador de la plutocracia. Bajo esas condiciones, la posibilidad de expresión pública de las voces críticas y de los sectores subalternos es mínima. Y cuando lo logran, éstas son tergiversadas de manera sistemática.
El periodismo no es el “cuarto poder”. Es parte del poder a secas. Forma parte de un único poder que responde a la lógica de dominación de clase, de propiedad de los medios de producción y de acumulación de la tasa de ganancia. La batalla de las ideas se sigue jugando en el terreno cultural. Lo saben muy bien quienes tienen la sartén por el mango. La “información” surge de la decisión previa de gente que piensa lo que hay que pensar y construye la “noticia” en función de sus intereses. A través de sus intelectuales orgánicos y asalariados –Enrique Krauze, Jorge G. Castañeda, los hermanos Federico y Jesús Reyes-Heroles González Garza, Pedro Ferriz de Con, Mario Ramón Beteta, Joaquín López Dóriga, Víctor Trujillo y quienes les hacen eco–, los medios crean y alimentan mitos. Su poder y su magia invisibles corroen las conciencias y percepciones. Los “guardianes de la democracia” fomentan el unanimismo, la amnesia, el olvido. Fabrican y construyen estereotipos. Demonizan a los de abajo. Criminalizan a los sucios o impuros. Los convierten en un “peligro” para México. Los tachan de “ilegales” y “violentos”, en contraposición a los “pacíficos y “legales”. Transforman a las víctimas en victimarios. En la coyuntura, por ejemplo, cometieron la canallada de respaldar al embajador de Israel, David Dadonn, quien tuvo la desfachatez de asociar a quienes se solidarizaron con los palestinos y libaneses víctimas de la ocupación genocida de los neocolonialistas sionistas, con “cómplices” del “terrorismo árabe”; una concepción que tiene un fondo profundamente racista y fascista.
No hay periodistas “neutrales”, “apolíticos” u “objetivos”. Quien afirma eso miente o es ingenuo. Casos como el desafuero de López Obrador, la violencia en Sicartsa, Atenco y Oaxaca, y ahora el fraude electoral, han desnudado todo un andamiaje propagandístico mediático pro “institucional” que se sostiene en la mentira, la tergiversación y en campañas miserables de odio y de miedo. O de auto-elogio y auto-legitimación, como ocurrió con la campaña de propaganda que promovió la defensa a ultranza del Instituto Federal Electoral (IFE).
A la luz de la crisis postelectoral, conviene subrayar algunas cosas. Por ejemplo, que los mexicanos están gobernados por los grandes medios masivos y, en su mayor parte, apenas si se dan cuenta de ello. Como apuntábamos arriba, la prensa, en particular las cadenas de radio y televisión privadas, cumplen su papel de fábrica de comunicación. Noam Chomsky ha explicado que la función de los medios es manufacturar el consenso: vaciar las mentes de la gente en un molde uniforme y asegurar el alineamiento de cada individuo aislado con el modelo de dominación impuesto; el modelo de la clase dominante.
Aunque en la coyuntura ha perdido credibilidad, Televisa ha jugado un papel clave en la conformación de una multitud de telespectadores de signo conservador, reaccionario. Individuos atomizados, crédulos, despolitizados, maleables, que componen la nación y también son ciudadanos y votan en las elecciones. Un público que recibe de manera simultánea las mismas imágenes e informaciones y, por lo tanto, las mismas ideas. Los programas y noticieros transmitidos están concebidos a partir de la psicología y los prejuicios corrientes de la mayoría de la población y se da una interacción en el sentido de una uniformidad cada vez mayor. Esa masificación, que muchas veces en tiempos de campañas electorales el telespectador no identifica como propaganda política, se instala en la conciencia de la gente y, gracias a ella, por un efecto de repetición, los que mandan y sus empleados hipnotizan a la multitud. La repetición homogénea de falacias, mitos y eslogans como “noticia”, tiene, siempre, valor de confirmación. La repetición obstinada fija la idea, aunque esa idea haya sido producto de una maniobra de simulación.
El arte del camuflaje es practicado por la clase dominante y sus “comunicadores” de masas para controlar y domesticar a la población. No quieren que la gente piense ni participe. Y explotan, a través de los medios, la psicología y los prejuicios de las masas. Explotan la necesidad de odiar a alguien, la búsqueda de un chivo expiatorio. Suscitan ese odio y a veces apasionan a la gente, la sublevan y le conceden una actividad. Por ejemplo, votar. Durante las campañas políticas, revelarle, entregarle tal objeto de aversión y escándalo a las masas es permitirles que den libre curso a su agresividad latente. Un objetivo es predisponer al público contra un adversario, un personaje, una idea. Incluso por la vía de la difamación y la mentira.
Eso ocurrió aquí. El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios; su grupo de choque, el Consejo Coordinador Empresarial; jerarcas de la Iglesia católica, el gobierno de Vicente Fox, el Partido Acción Nacional (PAN), sus aliados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la ultraderecha yunquista, los tecos y las grandes cadenas electrónicas privadas participaron en una campaña de odio contra Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Mediante una estrategia de persuasión, inducción y coacción hicieron revelaciones, generaron escándalos y reprodujeron hasta el cansancio exageraciones y mentiras para afirmar ideas y dogmatizar a una multitud pasiva a la que después se pidió sufragar por su candidato, Felipe Calderón. El voto del miedo funcionó, aunque muchos de quienes sufragaron por el candidato del PAN conservan la ilusión de haber decidido por sí mismos, sin darse cuenta de que fueron influidos o manipulados.
En buena medida, la sugestión compulsiva –la guerra sucia mediática con eje en la sentencia “AMLO es un peligro para México”– fue ejecutada por un puñado de hipnotizadores a distancia, conductores “estrellas” de los medios electrónicos que practican a diario la disimulación.
Además, los canales del duopolio televisivo –Televisa y TV Azteca, cuyos dueños integran la plutocracia y se han convertidos en actores políticos– fueron protagonistas del show electoral, y autoerigidos en “suprema corte mediática” siguen ejerciendo su privilegio de mandar. El 5 de julio, mientras “fluía” el conteo distrital, el vocero de la Casa Azcárraga (Joaquín López Dóriga) realizó una entrevista con José Woldenberg para reasegurarle al populacho lo impecable de la maquinaria del IFE y la imposibilidad de fraude. Era obvio qué iba a pasar. No en balde Calderón cerró su campaña en el Estadio Azteca, propiedad de Televisa, y en el capítulo del 28 de junio de la telenovela La fea más bella, dos protagonistas, José Luís Cordero y Eric Guecha, invitaron a la audiencia a votar por el candidato del PAN.
Después, López Dóriga, en su papel de cuico o policía del pensamiento –como antes Brozo–, siguió con su tarea mercenaria de convencer a los mexicanos de que Calderón ya ganó y que López Obrador debía reconocer su derrota. Habló por la voz de su amo, cuya empresa utilizó el último capítulo del programa de sátira política El privilegio de mandar para atacar a AMLO y enviar un mensaje siniestro a todo México. A través del personaje Canti, parodia de Cantinflas, interpretado por Carlos Espejel, la “posición institucional” de la televisora –según reconoció el guionista Manuel Rodríguez Ajenco ante Carmen Aristegui– fue que “en la democracia se gana y se pierde (…) no hubo vencedores ni vencidos, aquí todos somos México (…) no es hora de dividir, es hora de sumar”.
Pero como lo vino demostrando la presencia del pueblo en las calles en reclamo del voto por voto, casilla por casilla y en contra del fraude electoral, los medios no son todopoderosos; han perdido credibilidad. Y están pasando cosas. Mucha gente recupera la palabra –que es vida, memoria, elaboración, liberación–, se sumó al megaplantón ciudadano, participó de la resistencia civil pacífica y le fue poniendo su verdadero nombre a las cosas. El capitalismo se llama capitalismo. El fraude, fraude. Algunos saben que el problema no es el modelo sino el sistema. En ese contexto, la tarea de los trabajadores de la comunicación es esencial: tienen la posibilidad de romper desde adentro los filtros y las censuras, abiertas o encubiertas, mediante las cuales se des-informa, des-educa y manipula a la sociedad.
Lo que sigue es incierto. Hay quienes impulsan un autoritarismo de nuevo tipo. Una dictablanda. Otros quisieran imponer un fascismo a la mexicana. Ante esos escenarios, la movilización social, la resistencia popular, la desobediencia civil son armas legítimas. Pero no se trata sólo de la defensa de la sociedad, sino de construir una patria nueva sin mentiras, sin capuchas, sin torturas, sin cadenas. Participar, sí. Pero también esclarecer. Lograr que la comunidad tome conciencia de la lección que proporcionan los hechos. Los propios y los ajenos.
El periodismo no es el “cuarto poder”. Es parte del poder.
Esto ya es historia, pero, queda en la conciencia colectiva.
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Eduardo M. Gutiérrez.
En general, comunicación remite a medios masivos. Y se nos ha hecho creer que en un mundo “globalizado” vivimos en la Sociedad de la Información. Existe, en verdad, una sobresaturación informativa. Pero, ¿quién pone los contenidos? ¿Quién controla la producción y difusión de la noticia? ¿Cómo podemos diferenciar lo riguroso y valioso de lo manipulado y superficial? ¿En beneficio de quiénes circula esa información? Como dijo Eduardo Galeano, “nunca tantos han sido tan incomunicados por tan pocos. Cada vez son más los que tienen el derecho de escuchar y de mirar, pero cada vez son menos los que tienen el privilegio de informar, opinar y crear”.
No es común que la gente al abrir un periódico, escuchar una radio o elegir un canal de televisión sepa quiénes son sus propietarios, quiénes los mantienen mediante la publicidad, qué relaciones poseen con el gobierno o las empresas. En los medios en México, existe un acelerado proceso de concentración. Al duopolio privado de la televisión, controlado por dos plutócratas que integran la lista de magnates de la revista Forbes, Emilio Azcárraga Jean (Televisa, Cablevisión, Radiópolis) y Ricardo Salinas Pliego (TV Azteca, Elektra, Banco Azteca, Iusacell, Unefón), ha venido a sumarse ahora el Grupo Empresarial Ángeles (GEA), cuyo principal accionista es Olegario Vázquez Raña, dueño de los hoteles Camino Real y los hospitales Ángeles. GEA controla el Grupo Imagen, que acaba de adquirir el Canal 28 de televisión, y que está integrado, además, por Imagen Informativa, Reporte 98.5 y el periódico Excélsior.
Con mayor precisión puede decirse que Televisa, TV Azteca, GEA, el Grupo PRISA (propiedad de la familia Polanco de España, asociada aquí con Televisa Radio) y otras tres familias de concesionarios privados: los Vargas Guajardo (MVS); los Aguirre Gómez (Grupo Radio Centro) y los Azcárraga Romandía (Organización Radio Fórmula) controlan los medios electrónicos del país.
Según la UNESCO, la información “es un bien social”. Pero esos conglomerados mediáticos responden a un capital. A los intereses de sus dueños. Para ellos la información es una mercancía. Un capital que tiene como objetivo vender productos y crear hábitos de consumo. Esos consorcios que dominan tecnologías y contenidos han convertido a los medios masivos en insaciables maquinarias para obtener mayores tasas de ganancia en el más breve tiempo. Más allá de las contradicciones intercapitalistas y la competencia, como consecuencia de la confluencia de tan poderosos intereses se ha establecido de modo tácito un “consenso mediático” que opera como una gran maquinaria de la dictadura del pensamiento único. La clase dominante marca sus posiciones político-ideológicas a través de los medios y ya no, como antaño, vía los partidos. Los medios se han convertido en un verdadero poder articulador de la plutocracia. Bajo esas condiciones, la posibilidad de expresión pública de las voces críticas y de los sectores subalternos es mínima. Y cuando lo logran, éstas son tergiversadas de manera sistemática.
El periodismo no es el “cuarto poder”. Es parte del poder a secas. Forma parte de un único poder que responde a la lógica de dominación de clase, de propiedad de los medios de producción y de acumulación de la tasa de ganancia. La batalla de las ideas se sigue jugando en el terreno cultural. Lo saben muy bien quienes tienen la sartén por el mango. La “información” surge de la decisión previa de gente que piensa lo que hay que pensar y construye la “noticia” en función de sus intereses. A través de sus intelectuales orgánicos y asalariados –Enrique Krauze, Jorge G. Castañeda, los hermanos Federico y Jesús Reyes-Heroles González Garza, Pedro Ferriz de Con, Mario Ramón Beteta, Joaquín López Dóriga, Víctor Trujillo y quienes les hacen eco–, los medios crean y alimentan mitos. Su poder y su magia invisibles corroen las conciencias y percepciones. Los “guardianes de la democracia” fomentan el unanimismo, la amnesia, el olvido. Fabrican y construyen estereotipos. Demonizan a los de abajo. Criminalizan a los sucios o impuros. Los convierten en un “peligro” para México. Los tachan de “ilegales” y “violentos”, en contraposición a los “pacíficos y “legales”. Transforman a las víctimas en victimarios. En la coyuntura, por ejemplo, cometieron la canallada de respaldar al embajador de Israel, David Dadonn, quien tuvo la desfachatez de asociar a quienes se solidarizaron con los palestinos y libaneses víctimas de la ocupación genocida de los neocolonialistas sionistas, con “cómplices” del “terrorismo árabe”; una concepción que tiene un fondo profundamente racista y fascista.
No hay periodistas “neutrales”, “apolíticos” u “objetivos”. Quien afirma eso miente o es ingenuo. Casos como el desafuero de López Obrador, la violencia en Sicartsa, Atenco y Oaxaca, y ahora el fraude electoral, han desnudado todo un andamiaje propagandístico mediático pro “institucional” que se sostiene en la mentira, la tergiversación y en campañas miserables de odio y de miedo. O de auto-elogio y auto-legitimación, como ocurrió con la campaña de propaganda que promovió la defensa a ultranza del Instituto Federal Electoral (IFE).
A la luz de la crisis postelectoral, conviene subrayar algunas cosas. Por ejemplo, que los mexicanos están gobernados por los grandes medios masivos y, en su mayor parte, apenas si se dan cuenta de ello. Como apuntábamos arriba, la prensa, en particular las cadenas de radio y televisión privadas, cumplen su papel de fábrica de comunicación. Noam Chomsky ha explicado que la función de los medios es manufacturar el consenso: vaciar las mentes de la gente en un molde uniforme y asegurar el alineamiento de cada individuo aislado con el modelo de dominación impuesto; el modelo de la clase dominante.
Aunque en la coyuntura ha perdido credibilidad, Televisa ha jugado un papel clave en la conformación de una multitud de telespectadores de signo conservador, reaccionario. Individuos atomizados, crédulos, despolitizados, maleables, que componen la nación y también son ciudadanos y votan en las elecciones. Un público que recibe de manera simultánea las mismas imágenes e informaciones y, por lo tanto, las mismas ideas. Los programas y noticieros transmitidos están concebidos a partir de la psicología y los prejuicios corrientes de la mayoría de la población y se da una interacción en el sentido de una uniformidad cada vez mayor. Esa masificación, que muchas veces en tiempos de campañas electorales el telespectador no identifica como propaganda política, se instala en la conciencia de la gente y, gracias a ella, por un efecto de repetición, los que mandan y sus empleados hipnotizan a la multitud. La repetición homogénea de falacias, mitos y eslogans como “noticia”, tiene, siempre, valor de confirmación. La repetición obstinada fija la idea, aunque esa idea haya sido producto de una maniobra de simulación.
El arte del camuflaje es practicado por la clase dominante y sus “comunicadores” de masas para controlar y domesticar a la población. No quieren que la gente piense ni participe. Y explotan, a través de los medios, la psicología y los prejuicios de las masas. Explotan la necesidad de odiar a alguien, la búsqueda de un chivo expiatorio. Suscitan ese odio y a veces apasionan a la gente, la sublevan y le conceden una actividad. Por ejemplo, votar. Durante las campañas políticas, revelarle, entregarle tal objeto de aversión y escándalo a las masas es permitirles que den libre curso a su agresividad latente. Un objetivo es predisponer al público contra un adversario, un personaje, una idea. Incluso por la vía de la difamación y la mentira.
Eso ocurrió aquí. El Consejo Mexicano de Hombres de Negocios; su grupo de choque, el Consejo Coordinador Empresarial; jerarcas de la Iglesia católica, el gobierno de Vicente Fox, el Partido Acción Nacional (PAN), sus aliados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la ultraderecha yunquista, los tecos y las grandes cadenas electrónicas privadas participaron en una campaña de odio contra Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Mediante una estrategia de persuasión, inducción y coacción hicieron revelaciones, generaron escándalos y reprodujeron hasta el cansancio exageraciones y mentiras para afirmar ideas y dogmatizar a una multitud pasiva a la que después se pidió sufragar por su candidato, Felipe Calderón. El voto del miedo funcionó, aunque muchos de quienes sufragaron por el candidato del PAN conservan la ilusión de haber decidido por sí mismos, sin darse cuenta de que fueron influidos o manipulados.
En buena medida, la sugestión compulsiva –la guerra sucia mediática con eje en la sentencia “AMLO es un peligro para México”– fue ejecutada por un puñado de hipnotizadores a distancia, conductores “estrellas” de los medios electrónicos que practican a diario la disimulación.
Además, los canales del duopolio televisivo –Televisa y TV Azteca, cuyos dueños integran la plutocracia y se han convertidos en actores políticos– fueron protagonistas del show electoral, y autoerigidos en “suprema corte mediática” siguen ejerciendo su privilegio de mandar. El 5 de julio, mientras “fluía” el conteo distrital, el vocero de la Casa Azcárraga (Joaquín López Dóriga) realizó una entrevista con José Woldenberg para reasegurarle al populacho lo impecable de la maquinaria del IFE y la imposibilidad de fraude. Era obvio qué iba a pasar. No en balde Calderón cerró su campaña en el Estadio Azteca, propiedad de Televisa, y en el capítulo del 28 de junio de la telenovela La fea más bella, dos protagonistas, José Luís Cordero y Eric Guecha, invitaron a la audiencia a votar por el candidato del PAN.
Después, López Dóriga, en su papel de cuico o policía del pensamiento –como antes Brozo–, siguió con su tarea mercenaria de convencer a los mexicanos de que Calderón ya ganó y que López Obrador debía reconocer su derrota. Habló por la voz de su amo, cuya empresa utilizó el último capítulo del programa de sátira política El privilegio de mandar para atacar a AMLO y enviar un mensaje siniestro a todo México. A través del personaje Canti, parodia de Cantinflas, interpretado por Carlos Espejel, la “posición institucional” de la televisora –según reconoció el guionista Manuel Rodríguez Ajenco ante Carmen Aristegui– fue que “en la democracia se gana y se pierde (…) no hubo vencedores ni vencidos, aquí todos somos México (…) no es hora de dividir, es hora de sumar”.
Pero como lo vino demostrando la presencia del pueblo en las calles en reclamo del voto por voto, casilla por casilla y en contra del fraude electoral, los medios no son todopoderosos; han perdido credibilidad. Y están pasando cosas. Mucha gente recupera la palabra –que es vida, memoria, elaboración, liberación–, se sumó al megaplantón ciudadano, participó de la resistencia civil pacífica y le fue poniendo su verdadero nombre a las cosas. El capitalismo se llama capitalismo. El fraude, fraude. Algunos saben que el problema no es el modelo sino el sistema. En ese contexto, la tarea de los trabajadores de la comunicación es esencial: tienen la posibilidad de romper desde adentro los filtros y las censuras, abiertas o encubiertas, mediante las cuales se des-informa, des-educa y manipula a la sociedad.
Lo que sigue es incierto. Hay quienes impulsan un autoritarismo de nuevo tipo. Una dictablanda. Otros quisieran imponer un fascismo a la mexicana. Ante esos escenarios, la movilización social, la resistencia popular, la desobediencia civil son armas legítimas. Pero no se trata sólo de la defensa de la sociedad, sino de construir una patria nueva sin mentiras, sin capuchas, sin torturas, sin cadenas. Participar, sí. Pero también esclarecer. Lograr que la comunidad tome conciencia de la lección que proporcionan los hechos. Los propios y los ajenos.

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